Ensayo ganador de William D. de Mississippi que asiste a la University of South Alabama
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George McCrary maneja un taxi en Pittsburgh, Pennsylvania. Trabaja muchas horas por poco dinero, transportando gente de un lugar a otro: al trabajo, a tiendas, a hoteles, al aeropuerto y a veces al hospital. La mayoría de sus pasajeros nunca se imaginarían que, décadas atrás, George McCrary llevaba gente a algunos de esos mismos hospitales muchas veces al día, pero no en un taxi. 
 
A mediados de la década de 1960, Pittsburgh -como la mayoría de las ciudades de EE. UU.- estaba segregada por razas. Pero la gente de todas las razas necesitaba servicios de emergencia, igual que en la actualidad. Sin embargo, a diferencia de hoy, los servicios de ambulancias públicas o paramédicos no existían en Pittsburgh ni en ningún otro lado. Cuando la gente sufría una lesión o enfermedad, la policía local se presentaba y transportaba a las víctimas al hospital si era necesario. Lamentablemente la policía no estaba equipada para tratar a los pacientes en el camino al hospital y, lo que es peor, muchas veces se tardaban más tiempo en acudir a las comunidades predominantemente afroamericanas y de bajos ingresos que se consideraban peligrosas por los antecedentes de disturbios.
 
El filántropo de Pittsburgh Phil Hallen junto con el Dr. Peter Safar, uno de los pioneros en resucitación cardiopulmonar (RCP), vieron una oportunidad de cambiar el mundo para bien. Hallan y Safar formaron el Freedom House Ambulance Service y comenzaron a reclutar jóvenes afroamericanos y a entrenarlos como socorristas para que pudieran prestar servicios médicos en salas de emergencias sobre ruedas. Estos jóvenes -muchos desertores de la secundaria- se convirtieron en los primeros paramédicos del mundo. George McCrary fue uno de estos TME.
 
Recuerda su trabajo vívidamente: "Había mucha gente así que había mucha actividad... la gente sufría convulsiones, derrames, heridas de bala, puñaladas, ataques cardíacos, de todo, aquí mismo en esta área". George McCrary y Freedom House acudieron con valentía a todas las situaciones, rápidamente y con el equipo necesario, y salvaron muchas vidas cuando cada minuto contaba.
 
Ahora que estoy estudiando paramedicina admiro cada vez más a George McCrary y a los otros 24 técnicos médicos de emergencias afroamericanos que prepararon el terreno para mi carrera en este campo. No puedo dejar de pensar cómo el mundo sin duda debe ser un lugar mejor gracias a que George McCrary y sus colegas estuvieron presentes; cómo deben haber salvado inevitablemente la vida de futuros maestros, médicos, madres, padres, policías y muchos otros. Qué distinto sería el mundo si no existieran paramédicos como George McCrary.
 
 
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